Terminó el Mundial y es, al menos para los amantes del fútbol, como si volviéramos a vivir una realidad menos rica, menos intensa, menos real de alguna manera. Es que el mes y medio que duró la competencia en Norteamérica no solo resultó profuso en grandes e inolvidables lances estrictamente deportivos, de los que la memoria hará uso durante mucho tiempo; sino también en arduos debates sociales desprendidos de estos lances, debates que excedieron holgadamente lo que se decidía en los ciento cuatro partidos que, por primera vez en la historia del fútbol, se disputaron en un Mundial.
Al mismo tiempo que de goles y de faltas, de triunfos y derrotas, hemos hablado casi todos en el mundo —interesantemente en Paraguay, en donde la (polémica) transversalidad social del fútbol parece ser menos evidente siempre— de temas como la guerra de Irán y el genocidio en Gaza, el racismo y la xenofobia, el clasismo y la anti-inmigración, las ideas conspirativas y la posverdad, entre otros asuntos (solo aparentemente extrafutbolísticos) que convirtieron a la Copa del Mundo en una especie de usina de debates no siempre realizados con la altura y el respeto necesarios, pero no por ello menos sintomáticamente: cualquier postura, en realidad, fue el reflejo de la crisis social contemporánea de la que el fútbol es una expresión cabal, privilegiada. Aquella frase irónica que los autodenominados hinchas teete o true del fútbol suelen alegar, ante el escepticismo de sus detractores, adquirió una consistencia por momentos abrumadora en estas últimas semanas: “Y dicen que sólo es fútbol...”.
Por ello, a modo de una síntesis deportivo-política de lo que fue el máximo evento del fútbol, este Peskamboi tratará de ser un repaso de estos grandes temas que han ocupado las mesas de discusión de las casas, los bares y los restaurantes; las esquinas, los centros comerciales y los medios de transporte; las oficinas, las fábricas, los asentamientos y los sembradíos; las ciudades y los campos del mundo entero, en suma. En este sentido, no queda dudas de que, al menos para este cronista, el Mundial de Norteamérica fue uno de los más politizados e ideologizados de la historia, y eso que los hubo desde siempre.
El huésped indeseado
El Mundial nació polémico: desde el hecho mismo de que la competencia comenzó mientras las bombas de uno de los tres países organizadores, Estados Unidos, caían sobre uno de los participantes, Irán. Su selección fue obligada a participar del torneo sin derecho a alojarse en el país en donde disputaría sus partidos: precisamente, Estados Unidos.
En una de las entregas de Peskamboi de antes de la Copa del Mundo, analizábamos la inédita y profunda contradicción que entraña el hecho de que, mientras la FIFA propugna en sus principios y sus emprendimientos sociales que “el fútbol une al mundo”, el Gobierno norteamericano propugnó que unos futbolistas no son iguales que otros según su origen: supuestamente son peligrosos para la seguridad nacional. Esto chocó directamente con el principio de “igualdad de condiciones” en la competencia que dice defender, hipócritamente, el ente del fútbol Mundial. Su secretario general, Gianni Infantino, fue una especie de secretario deportivo de Trump durante el torneo, mientras es en realidad del cartel de la FIFA la que organiza el torneo y tradicionalmente impone condiciones a los países organizadores.
Se ha sometido a estos deportistas de élite a unos controles migratorios de más de cinco horas antes de partidos cruciales, lo cual desmantela el concepto de fair play logístico de la FIFA, que mantuvo un silencio cómplice con esta política del Gobierno de Donald Trump.
Por esto, hay una cosa clara: si hubo un Mundial al que las selecciones no llegaron en igualdad de condiciones, a causa de la misma organización del evento, fue este.
Xenofobia y tribuna
Es cierto que las identidades nacionales que se expresan, de manera exacerbada, en los hinchas de selecciones, forma parte de un rasgo histórico del fútbol; pero con la era lo de lo viral-algorítmico, se ha consolidado una especie de “esencialismo de tribuna” que no es la del siglo XX.
Ahora lo nacional o lo étnico de un equipo o su hinchada se reduce casi siempre a un estigma absoluto, sin matices, empaquetado para el consumo rápido en TikTok o X. Un escritor y filósofo español, Miguel de Unamuno —quien no tenía en alta estima al fútbol— lo describió hace un siglo de una manera que me parece exacta: lo que él llamaba “los partidos de pelotón”, crean una “incivil” competencia “de unos lugarejos contra otros, una manifestación del más triste localismo”. En este caso del más triste nacionalismo en el que —hay que decirlo— son las expresiones de la derecha y la ultraderecha las que más campean. Sin embargo, se puede coincidir con el meduloso artículo publicado en Abc por el historiador Ronald León —a raíz del affaire Celeste-Mbappé—, en que el fenómeno no es ajeno a las izquierdas nacionalistas latinoamericanas y paraguayas.
La xenofobia latente
La denegación masiva de visados a periodistas, analistas y directivos no occidentales durante el Mundial, termina por normalizar la sospecha del “otro” bajo el manto de la seguridad nacional, transformando acaso por primera vez en la historia el aeropuerto en el primer filtro del torneo. Sin embargo, estas sospechas son usualmente selectivas y a criterio de los regímenes que gobiernan los países anfitriones; pues, antes y durante el Mundial la excelente periodista mexicana Marion Reimers develó que más de cien futbolistas que participaron del Mundial tienen o tuvieron procesos penales por violencia de género, por lo que la comunicadora recibió el acoso de los fanáticos, sino también la indiferencia o el desprecio de sus colegas.
Mientras hemos visto cómo los estadios celebraron la mezcla cultural más o menos de manera armónica, las fronteras imperiales inmediatas impusieron travel bans (vetos de viaje) a fanáticos e incluso a jugadores y árbitros de treinta y nueve países clasificados en las “listas negras” de la administración Trump (algunos países clasificados como la citada Irán, Haití, Costa de Marfil y otros).
Clasismo
Así como los analistas multidisciplinarios y académicos del fútbol lo vienen haciendo desde hace un par de décadas, en este Peskamboi ya se advirtió antes que este deporte esencialmente popular está sufriendo una acelerada metamorfosis global hacia el clasismo más desembozado y superficial, a menudo vacío.
En este Mundial de cuño imperial, en particular, se ha operado bajo la premisa de que solo el extranjero con alto poder adquisitivo es considerado “visitante de honor”, un invitado real a la fiesta. El migrante de a pie o el refugiado es visto directamente como una amenaza, donde están entregando el fútbol a las muy a menudo inexpresivas capas medias y altas de las sociedades del mundo.
En este sentido, resulta sintomático que una nueva clase media paraguaya se haya lanzado en masa inéditamente a volar hacia los Estados Unidos para ver a la Albirroja, algunos con dinero público, otros con ahorros, otros con préstamos. Nunca antes Paraguay había sido alentado por tantos hinchas, precisamente, típicos del Defensores del Chaco: de los que no usualmente van a los estadios los domingos, pero se sienten genuinamente identificados con la Albirroja.