25 jul 2026

Jugador y persona

Fascina al género humano común la personalidad que hay detrás de los genios que dieron luz a magníficas obras en campos diversos. Einstein, Newton, Max Planck, Alejandro Magno, más atrás en la historia, deslumbraron en diferentes ámbitos, acunados por personalidades imperativas en muchos casos y dóciles e introvertidas en otros.

Argentina v Austria: Group J - FIFA World Cup 2026

Argentina se ilusiona con un alto nivel de Messi en la competencia.

Foto: AFP

En nuestro tema deportivo nos toca observar a Lionel Messi, quien lleva ya (vigente) 15 años de reinado indisputado. Es obviamente –como todo ser humano– cautivo, como cualquiera, de su historia personal. Retraído e infantilmente subyugado por la pasión que se vive solo en la niñez con la pelota. Bien, lo desgarraron de su tierra a corta edad, para dar mejor ambiente a su magia insinuante que hoy florece a plenitud. Genética, familia, medio social y experiencias diarias van moldeando a los atletas sus conductas, de donde más tarde rigen con fuerza sus actuaciones. La jungla humana que enfrentan los exitosos artistas va modificando y, a veces, con dolor sus tendencias.

Su mismo arte, siendo deporte colectivo el fútbol, va cambiando en el césped, según sea su equipo, compañeros, técnico y vida familiar. Los medios de comunicación influyen poderosamente en la percepción del atleta de la realidad. Cuando son loados en demasía desarrollan un ego que genera distintas reacciones en su personalidad. Cuando las críticas son ácidamente negativas muchas veces van apagándose talentosos que no logran manejar con objetividad los vaivenes de esas opiniones.

Los que miramos de afuera el fútbol, pretendemos en torpe ficción que quienes nos brindan su arte sean además reflejo de nuestro pensar, sentir y hasta actuar. Messi, en su condición familiar estable desarrolló una madura postura por encima del fútbol y sus buenas y malas actuaciones. Ello derivó en su etapa primera en una concentración absoluta en su perfomance y diversión. Así anduvo en ese talante su niñez a medio trote y con desparpajo. Solo ansiaba con su zurda eximia en cancha cualquiera empujarla cada tanto según su velocidad sea. Mirar el balón en su andar jamás, ya tuvo mucho tiempo para eso de niño al dormir. Siendo el fútbol el arte del engaño, nadie imagina lo que hará en su marcha y, en cada quiebre al que el adversario obliga, le brotan más alternativas de destino genial a su idea. Al final decide si servir a un compañero o definir su zurda puñal. Hoy, en su segunda etapa en el fútbol americano profesional, ya no encarna ese niño feliz arrebatado. Deambula desentendido casi del juego, absorto en sí mismo pareciera. Asemeja a cazador experto, solo dispuesto a matar cuando su presa se distrae. ¡Es que ya no lo dejan divertirse corriendo con pelota muy seguido!

Las fricciones arteras no lo asustan más teme el hastío, pues no lo dejan tocar pelota de continuo. Él sigue añorando cuando muy joven él solo ganaba el partido porque nadie se la sacaba. ¡Es que ni el gol casi importaba él diría!

Como lo han subido sin él pedirlo a un pedestal de admiración sobrehumano confundimos la persona con el artista. Admiramos a este y condenamos a la persona.

¿Qué importa su vida privada? ¿Por qué el morbo por su tatuaje y color de pelo? Dejémoslo que termine su carrera como él lo elija y, no como sus súbditos del mundo y la prensa quisieran.

Su antecesor Maradona eligió su camino. Démosle crédito a él para otro tanto. Rindámonos gratos a tantos años de genio y bonhomía.

Preguntémonos nosotros simples mortales, si el sistema que lo endiosa es culpable de la tristeza que a veces en la cancha refleja. Fácil no es vivir en pináculo de fama y riqueza que solo brotó de amor puro a un juego.

¡Voto de admiración solo para el jugador que hoy cursa su maestría en el arte estático de pelota detenida: ¡Ay, qué lindo y aburrido, solo una vez se la toca quizás él diría!

Sus compañeros disfrutan de ese duende distraído que en un guiño acelerado puede acabar un partido descaderando un zaguero.

Les cabe en el tiempo, compartir y competir en tan peculiar desfile con Cristiano Ronaldo; gran atleta y goleador de lo mejor quizás hasta ahora.

Entendiendo bien como se forjan los jugadores podríamos como nos gusta y no corresponde, compararlos en la cancha. Son envases tan distintos para tanto talento. Uno es toque sutil, el otro es potencia. Uno es concentrado, el otro histriónico. Uno es talento, el otro técnica aprendida. Uno es inspiración, el otro esfuerzo. Uno es orfebre, el otro comerciante. Uno se mueve por cariño a su hijo, el otro a su figura.

Uno está para servir, el otro para ser servido. Uno honra a sus compañeros, el otro a su ego. A Messi reprochan que antes no usaba el tatuaje. Dicen que es pecho frío. Será que el dinero mata la pasión.

Confundimos la persona con el artista. Admiramos a este y condenamos a la persona.

¿Qué importa su vida privada?, ¿por qué el morbo de su tatuaje y color de pelo? Dejémoslo que termine su carrera como él lo elija y, no como sus súbditos del mundo y la prensa quisieran.

Su antecesor Maradona eligió su camino. Démosle crédito a él para otro tanto. Rindámonos gratos a tantos años de genio y bonhomía.

Preguntémonos nosotros, simples mortales, si el sistema que lo endiosa es culpable de la tristeza que a veces en la cancha refleja. Fácil no es vivir en un pináculo de fama riqueza que solo brotó de inocente amor a la pelota.

¡Voto de admiración solo para el jugador que a ratos del juego desaparece!

Las fricciones arteras y malas intenciones no lo asustan, más sí teme el hastío cuando no lo dejan jugar de continuo. Extraña cuando de niño solo ganaba pues nadie se la sacaba. ¡Es que ni el gol importaba! Ha jugado seis Mundiales, ganado repetidas veces el botín de oro y no hay copa que se le haya resistido. Lo comparan con Pelé y no le importa, él solo vino al mundo para jugar divertido.

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