14 jul 2026

El paraguayo que amargaba a la Juventus

La semana pasada Juventus y Napoli reeditaron, en la final de la Copa Italia, una añeja rivalidad marcada por las diferencias sociales del Norte y del Sur. Un enfrentamiento de dos formas de concebir el juego y de todo lo que lo rodea.

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Un equipo de Napoli de los años 20 con Sallustro.

Foto: Gentileza

El estilo Juventus de jugar al fútbol fue instituido entre 1923 y 1935. Son los años en los que Edoardo Agnelli estuvo al frente de la aristocrática de Turín, hijo del fundador de la empresa automotriz del Piamonte, FIAT. Semplicità, Serietà, Sobrietà (simplicidad, seriedad, sobriedad) eran las palabras italianas preferidas de Edoardo que remiten a la concepción y funcionamiento de una empresa. Repetido por el presidente de gustos sofisticados, el lema del club: “Una cosa bien hecha se puede hacer aún mejor”.

Entre 1931 y 1935, Juventus ganó cinco scudettos, con los destacados argentinos Renato Cesarini y Raimundo Orsi.

Por los mismos años, en el Sur más insospechado, el Napoli encarnaba una concepción distinta, desde su particularidad cultural. Un fútbol del espectáculo pasional, de la magia inesperada, de las mañas y de las hazañas, de la improvisación con el volcánico monte Vesubio de fondo.

En Nápoles, a diferencia de Turín, el rey de la ciudad no era un empresario, alguien que miraba desde fuera los partidos, sin ensuciarse. Aunque el entonces presidente Giorgio Ascarelli, tenía una industrial textil, un futbolista nacido en Sudamérica era el verdadero divo del golfo italiano, su síntesis futbolística.

Elegante fuera de las canchas, atrevido dentro de ellas. Se trataba de un napolitano más, por crianza; uno que, con goles, amor por la camiseta y una vida pública mezclada con el jet set y enfocada por los medios, se convirtió en el futbolista más popular de su época en toda la Campania y todavía más allá. El ídolo, el primero de la historia del Nápoli, nunca salió campeón con los azzurri, fue un paraguayo: Attila Sallustro.

El Galgo. Nacido en Asunción en diciembre de 1908, Sallustro llegó a Italia siendo apenas un infante, cuando sus padres regresaron del Paraguay. Debutó incluso antes de que Nápoli adquiriera el nombre con el que se lo conoce. El Internaples fue la unión temporal, por motivos económicos, de una vieja escisión de futboleros emigrantes ingleses y de aficionados napolitanos.

En 1926 nació el moderno Napoli, refundado en 2004 luego de haber descendido a la tercera división por quiebre administrativo y ser revivido con el dinero de Aurelio de Laurentiis, el productor de cine. Es el subcampeón de la serie A en las anteriores dos temporadas y ahora el monarca de la Copa Italia.

Sallustro, llamado El Galgo por su galanura, ayudó a que el Nápoli mantuviera la categoría en la temporada 1928-29, gritando nada menos que 22 goles. Once por debajo de Giuseppe Meazza, héroe juvenil del Ambrosiana, antecesor del Inter de Milán. En 1929-30, Nápoli ocupó el quinto lugar y Sallustro hizo 13 goles. En la siguiente, el paraguayo hizo 11 y su equipo fue sexto. Estos fueron sus mejores años en el fútbol italiano.

En febrero de 1932, Napoli recibió la Juventus un partido decisivo para los de Turín, quienes marchaban segundos, lejos de su rival. La vecchia signora quería asaltar la punta de una vez y encarar el bicampeonato. Pero eso no sucedería por ahora, no frente a Sallustro. Ganó Nápoli 2 a 0, con goles suyos. En octubre del mismo año, al comienzo de otra temporada, volvieron a jugar en Nápoles. Otra vez un gol del paraguayo amargó la jornada a los de Turín. A pesar de que ambas temporadas la Juventus terminé consagrándose, nada como ganarles a Orsi y Agnelli. Nada como arruinarle, aunque sea un día, a la Juventus.

Maradona hizo lo mismo en los 80, frente a la máquina de Michel Platini y de la presidencia del hijo de Edoardo, Gianni Agnelli. La única (y gran) diferencia entre Attila y Diego, quienes también se parecían en activa vida pública que llevaban, son los scudettos del argentino.

ESTILO. En los años de esplendor de Sallustro, fue técnico del Nápoli William Garbutt, un inglés considerado, por el periodista italiano Gianni Brera, el modernizador del calcio. El introductor de lo que Attila definió: “El verdadero estilo del fútbol, de técnica y de velocidad. ¡Tres pases al gol!”.

El paraguayo fue el mejor intérprete de dicho estilo, según el periodista del New York Times, Rory Smith, quien en su libro Míster (2016) sigue el paso de los pioneros británicos que desperdigaron por el mundo la práctica de fútbol.

Entrevistado por la periodista Laura Morel en 2007, Octavio Sallustro, uno de los hermanos de Attila y cronista de la familia fallecido dos años después, contó: “Mi hermano llegó a ser un ídolo muy apreciado porque él tenía orden de papá de no cobrar cuando jugaba. Pero luego, por razones económicas, mi papá y mamá no pudieron mandarle dinero. Por causa de la Guerra del Chaco (1932-35) se profesionalizó. Es por eso también que, antes de hacerse profesional, el presidente del Nápoles Giorgio Ascarelli, le regaló un FIAT Dalila”, rememoró.

En los años en que Juventus ganó como ahora un scudetto tras otro, Attila se dedicó a aguarle un poco la fiesta a base de goles. En esos también, por primera vez, el paraguayo recibió un salario por un fútbol que, con creces, lo merecía.

Jugó dos partidos por la selección italiana e hizo un gol. Se retiró a los 30 años. En 1961, dirigió al Nápoli. Murió en Roma en 1983.

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