Si hubo un momento donde el fútbol dejó de ser un simple deporte para convertirse en arte puro, fue en el verano mexicano de 1970.
Para los que peinan canas y recuerdan las transmisiones por radio o televisión, o para los jóvenes que hoy devoran videos en YouTube, el Brasil de Mario “Lobo” Zagallo sigue siendo hasta estos días uno de los grandes equipos de la historia de los mundiales.
No fue solo un título; fue la consagración de una idea: que se puede ganar siendo el mejor y, además, el de fútbol más bello.
Bajo una fuerte presión
La “Canarinha” llegó a tierras aztecas con una presión infernal, como otras selecciones a lo largo de la historia (la Albiceleste de Carlos Bilardo antes de otro Mundial de México, por ejemplo, el de 1986).
Tras el fracaso en Inglaterra 1966 (donde se retiró eliminado en primera ronda), el pueblo brasileño exigía el tricampeonato para quedarse definitivamente con la Copa Jules Rimet.
Pero en los partidos previos a la cita, el equipo recibía críticas furibundas del periodismo y el público.
Sin embargo, Brasil terminó ganando aquel Mundial realizado algo que no volvió a suceder: juntar a cinco futbolistas que eran, cada uno en su club, el “10" clásico.
La orquesta de los cinco “10"
Zagallo, con esa picardía que siempre lo caracterizó, rompió los manuales. En lugar de elegir entre ellos, puso a los mejores juntos.
Pelé (Santos), Tostão (Cruzeiro), Rivellino (Corinthians), Gerson (São Paulo) y Jairzinho (Botafogo) formaron un frente de ataque que era pura dinamita, pero también poesía en movimiento sobre el césped mexicano.
Gerson era el cerebro, el que ponía pases de cuarenta metros de manera exacta. Rivellino tenía un cañón en la pierna izquierda y una gambeta que descolocaba a cualquier defensa europeo.
Jairzinho, el “Huracán”, cumplió la hazaña de marcar en todos los partidos del torneo, un récord que hasta hoy está vigente y parece inalcanzable.
Tostão, con una inteligencia táctica superior, se movía por todo el frente abriendo espacios para que los demás llegaran libres. Pero por encima de todos, estaba Edson Arantes do Nascimento.
Pelé llegó a México con 29 años, en la plenitud de su madurez física y mental. Ya no era el niño de Suecia 58, era un monarca que reclamaba su corona. Lo de Pelé en ese Mundial fue de otro planeta.
No solo por los goles, sino por lo que “casi” fue: aquel remate de media cancha contra Checoslovaquia que pasó rozando el palo, o el cabezazo que Gordon Banks tapó en una atajada milagrosa, y aquel amague sin tocar la pelota ante el arquero uruguayo Mazurkiewicz en semifinales.
“O Rei” jugaba al ajedrez, pero también componía poemas en la cancha, lirismos nunca vistos.
El juego que rompió el “catenaccio”
La final contra Italia fue el cierre perfecto para aquel equipo que eliminó a Perú y Uruguay, también a la vigente campeona, Inglaterra.
El “catenaccio” italiano, famoso por su defensa de hierro, fue pulverizado por el “jogo bonito” brasileño, con música de samba.
El cabezazo de Pelé para el primer gol, suspendido en el aire como si desafiara la gravedad, y el cuarto gol anotado por Carlos Alberto tras una jugada colectiva donde casi todo el equipo tocó el balón, sellaron el 4-1 definitivo sobre Italia con una exhibición que el mundo pudo ver por primera vez en la televisión en imágenes con colores.
Brasil se traía la Rimet a casa para siempre (luego terminaría el trofeo siendo robado y fundido, pero esa es otra “historia de los mundiales”.
México 70 fue la última función de Pelé en los Mundiales, cerrando un ciclo dorado que puso a Brasil en la cima del universo futbolero.
Fue el triunfo del talento por sobre la pizarra, la prueba de que, cuando se juntan los que saben, el fútbol es el juego más lindo del mundo.