09 jun. 2026

Italia 1990, el Mundial de la resistencia argentina y la máquina alemana

En Italia volvieron a citarse en la final las dos selecciones que definieron el título en 1986, en México. Esta vez, el título fue para los alemanes.

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El Mundial de Italia 1990 permanece en la memoria colectiva como, tal vez, el fin de una era en el fútbol. Fue un certamen donde la épica se impuso sobre la estética.

En este sentido, el entonces vigente campeón, Argentina, y su capitán, Diego Armando Maradona, tuvieron una actuación inolvidable con un equipo diezmado en las instancias finales del torneo. Enfrente estaba la Alemania de Lothar Matthäus.

Fueron dos gigantes que se citaron en una final por segunda vez consecutiva, pero bajo contextos radicalmente distintos a los de México 86.

Argentina, con un plantel diezmado

La selección argentina llegó a Italia como campeona defensora, pero con un plantel mermado por las lesiones y una dependencia absoluta de la genialidad de un Maradona que jugaba con el tobillo izquierdo inflamado al tamaño de una pelota.

El debut con derrota ante Camerún fue un presagio del calvario que vendría: una clasificación agónica como mejor tercero.

El equipo de Carlos Salvador Bilardo no brillaba, pero sobrevivía gracias a la garra de sus defensores, las atajadas milagrosas de Sergio Goycochea —que reemplazó al lesionado Nery Pumpido— y ese chispazo de Diego que, en octavos de final, desparramó a la defensa brasileña para servirle el gol a Claudio Caniggia y eliminar así a su clásico rival.

Era un equipo que parecía alimentarse de la adversidad y del odio deportivo que le profesaban los estadios italianos.

Alemania, una máquina perfecta

En el extremo opuesto del espectro futbolístico se encontraba la Alemania Federal de Franz Beckenbauer, una máquina perfecta. Capitaneados por un Matthäus en el apogeo de su carrera, los germanos combinaban disciplina táctica con una potencia física arrolladora.

Matthäus, que conocía cada centímetro del césped italiano por su paso por el Inter de Milán —al igual que Maradona lo conocía jugando para Napoli—, se erigió como el motor de un equipo que goleaba con naturalidad y defendía con una sobriedad germánica.

Aquella Alemania no solo ganaba, sino que transmitía la sensación de imponerse con absoluta naturalidad.

Una tensa semifinal

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El punto de inflexión más dramático del torneo, y uno de los grandes acontecimientos de la historia de los Mundiales, ocurrió en las semifinales El destino quiso que Argentina e Italia se enfrentaran en el estadio San Paolo de Nápoles, el templo donde Maradona era un dios pagano.

La atmósfera era eléctrica y, a la vez, contradictoria: el norte de Italia deseaba la eliminación de Argentina, pero el sur, fiel a su ídolo, se debatía entre la patria y la lealtad al genio que le había dado dos scudettos al Napoli.

En una noche cargada de tensión, Argentina logró lo impensado: empatar el partido mediante un gol de Claudio Caniggia, tras un error de la zaga local, y llevar la definición a los penales.

Goycochea se vistió de héroe, detuvo los remates de Roberto Donadoni y Aldo Serena, y el silencio sepulcral que cayó sobre Nápoles marcó el fin del sueño italiano: la Azzurra estaba fuera de “su” Mundial y Maradona, amado y odiado por igual, lograba llevar a su equipo a la final en medio de un clima de enorme hostilidad en el resto del país.

Una final cerrada y áspera

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La final en el Estadio Olímpico de Roma fue el cierre de esta épica. Una Argentina diezmada por las suspensiones —incluida la de Caniggia— se enfrentó a una Alemania que buscaba vengar la derrota sufrida cuatro años antes en el Estadio Azteca.

El partido fue cerrado y áspero. Maradona fue abucheado durante el himno, gesto que respondió con insultos visibles ante las cámaras. Un polémico penal sancionado por el árbitro Edgardo Codesal permitió que Andreas Brehme venciera a Goycochea.

El legado del Mundial de Italia 1990

Italia 90 no fue el Mundial del fútbol bello ni estético, pero sí el Mundial de los personajes inolvidables. La imagen de Maradona llorando con la medalla de plata en el pecho y la de Matthäus alzando el trofeo bajo el cielo romano representan las dos caras de una misma moneda.

Fue el torneo donde Alemania demostró que la organización y el poder físico podían conquistar el mundo, y donde Argentina dejó en claro que el corazón y la mística de un líder pueden llevar a un equipo mucho más allá de sus límites. Treinta años después, aquellos estadios italianos siguen resonando —como resuena hasta hoy el inolvidable himno compuesto por Giorgio Moroder y cantado por Gianna Nannini y Edoardo Bennato— con el eco de una batalla épica entre alemanes y argentinos.

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