El 17 de junio de 1970, el estadio Azteca de la Ciudad de México fue el escenario de un enfrentamiento que trascendió lo deportivo para convertirse en leyenda: la semifinal entre Italia y Alemania Federal.
Conocido universalmente como el “Partido del Siglo”, este encuentro representó la máxima expresión de la rivalidad, la resistencia física y el drama táctico en la historia de los Mundiales, teniendo como protagonistas a dos selecciones europeas.
Hasta entonces, Italia era bicampeona del mundo, mientras que Alemania había alzado una vez el trofeo Jules Rimet.
Aquel partido, bajo el sol de la capital mexicana y a más de dos mil metros sobre el nivel del mar, comenzó con una Italia fiel a su estilo defensivo, el llamado “catenaccio”, que luego mostraba su cara más ofensiva con un zarpazo.
Roberto Boninsegna, quien también haría el único gol de Italia en la final contra Brasil (1-4), adelantó a la Azzurra apenas al minuto 8. Durante casi todo el tiempo reglamentario, Italia resistió los embates alemanes con una defensa férrea.
Sin embargo, la mística teutona apareció en el último suspiro, esa marca que ya había mostrado ante el mundo en Suiza 1954: en el minuto 90, Karl-Heinz Schnellinger anotó el empate, forzando una prórroga que llevaría el partido a un nivel épico superior.
Una prórroga de infarto
Si los primeros 90 minutos fueron tácticos, según las crónicas de 1970, los 30 minutos suplementarios fueron un delirio goleador del tipo que pocas veces se volvió a ver en la historia de los mundiales.
Se anotaron cinco goles en ese breve periodo, un récord de intensidad emocional: Gerd Müller adelantó a Alemania (94'), Tarcisio Burgnich empató para Italia (98'). Luigi Riva puso el 3-2 para los italianos (104'), antes de que terminara la primera mitad de la prórroga.
Otra vez Müller, uno de los máximos goleadores de la historia de los mundiales, apareció para el 3-3 (110'), que, a pesar del momento del partido en que fue marcado, hacía presagiar que no sería el último. Y así fue: Rivera, la estrella italiana, solo un minuto después (111'), selló el 4-3 definitivo tras una jugada colectiva magistral que demostró que Italia también era capaz de anotar muchos goles.
El partido dejó imágenes indelebles, como la de Franz Beckenbauer jugando con el hombro dislocado y el brazo en cabestrillo, ya que Alemania había agotado sus cambios.
El calor del mediodía mexicano y la altitud no impidieron que ambos equipos se entregaran hasta el agotamiento absoluto, algo propio de alemanes e italianos en la historia de la Copa del Mundo.
Una placa en homenaje al espectacular duelo
La victoria llevó a Italia a la final contra el Brasil de Pelé, pero el esfuerzo físico fue tal que los italianos llegaron mermados al duelo definitivo. Esto, sin tener en cuenta que el propio Brasil llegaba invicto y desplegando un fútbol de una belleza y efectividad superlativas. No obstante, la magnitud de lo ocurrido en la semifinal fue reconocida de inmediato.
Hoy, una placa en las afueras del Estadio Azteca conmemora el evento: “El Estadio Azteca rinde homenaje a las selecciones de Italia y Alemania Federal, protagonistas en la Copa Mundial de 1970 del ‘Partido del Siglo’”.
Este choque no solo definió una época, sino que consolidó al Mundial de México 70 como uno de los más espectaculares de la historia, demostrando que el fútbol es, ante todo, una cuestión de corazón y pundonor, y de jornadas épicas que quedan en la memoria.