El Mundial de México 1986 no fue simplemente una edición más en el calendario del fútbol paraguayo: representó el fin de una angustiante sequía de 28 años sin participar en la Copa del Mundo.
Bajo el sol abrasador de las sedes mexicanas, Paraguay no solo regresó a la élite tras casi tres décadas de ausencia, sino que logró, por primera vez en su historia, superar la fase de grupos, dejando una huella de garra, orden táctico y un talento individual que aún hoy se evoca con nostalgia.
Una dura clasificación
El camino hacia la clasificación fue trabajoso y emocionante.
En un formato de eliminatorias implacable, Paraguay debió batallar en un grupo complejo contra Brasil y Bolivia. Al no poder asegurar el pase directo, el equipo se vio forzado a disputar un repechaje.
Primero, despachó a la Colombia de un joven Carlos Valderrama, y luego se enfrentó a Chile en una final a doble partido.
Tras una victoria por 3-0 en un Defensores del Chaco repleto, el empate 1-1 obtenido en Santiago —sellado por una actuación heroica del arquero Roberto “El Gato” Fernández, quien detuvo un penal decisivo a Jorge Aravena— le otorgó a Paraguay el último boleto sudamericano para la gran cita.
Un gran equipo para México 86
Una vez en México, el equipo se presentó con una columna vertebral de figuras que estaban en la plenitud de sus carreras.
El alma del equipo era, sin duda, Julio César Romero, conocido universalmente como “Romerito”. Elegido el mejor futbolista de Sudamérica en 1985, el volante del Fluminense aportaba pausa, visión y llegada al gol.
A su lado, la potencia física y la audacia de Roberto Cabañas, “La Pantera”, representaban un peligro constante para cualquier defensa, con un despliegue físico impresionante.
Este equipo, dirigido por el carismático Cayetano Ré —un estratega de fuerte temperamento que se convirtió en el primer técnico en ser expulsado en la historia de los Mundiales—, combinaba la histórica solvencia defensiva paraguaya con un despliegue técnico inusual para la época.
Una fase de grupos memorable
La campaña en la fase de grupos fue destacada. El debut ante Irak se saldó con una victoria por 1-0, gracias a un gol de sombrerito de Romerito, pero fue el segundo partido el que verdaderamente impactó.
Frente al anfitrión, México, y ante más de 110.000 espectadores en el imponente Estadio Azteca, Paraguay resistió la presión, empató 1-1 con otro gol de Romerito y vio a su arquero, el “Gato” Fernández, detenerle un penal a la máxima estrella local, Hugo Sánchez, cuando el partido estaba a punto de terminar.
El cierre del grupo ante Bélgica fue un vibrante 2-2, en el que Roberto Cabañas anotó un doblete que aseguró el pase a los octavos de final como invictos. Las figuras paraguayas respaldaron su nivel con goles.
Por primera vez a octavos de final
El sueño encontró su final el 18 de junio, nuevamente en el Estadio Azteca, ante Inglaterra, en la primera participación paraguaya en una fase de octavos de final.
Aunque Paraguay planteó un partido de igual a igual en los primeros minutos, la jerarquía y el olfato goleador de Gary Lineker terminaron imponiéndose, sellando un 0-3 que despidió a la Albirroja del torneo.
A pesar de la eliminación, Paraguay se marchó de México en el puesto 13 de la clasificación general y con el respeto del mundo del fútbol.
Aquella generación de 1986 no solo rompió el maleficio de las ausencias mundialistas, sino que también demostró que el fútbol paraguayo podía combinar su tradicional garra guaraní con una técnica capaz de competir de igual a igual ante las grandes selecciones.