En el Mundial de Suecia 58, Pelé, el joven prodigio, marcó seis goles y se convirtió en el jugador más joven en levantar una Copa del Mundo.
Su explosión llegó en la fase decisiva: anotó en cuartos, firmó un hat-trick en semifinales y cerró con un doblete en la final ante el anfitrión, iniciando así la era dorada del fútbol brasileño.
El nacimiento del “10”
El mítico dorsal 10, hoy sinónimo de talento y liderazgo, adquirió notoriedad casi por accidente en el Mundial de Suecia 58.
La delegación brasileña envió la lista sin numeración y un integrante de la organización asignó los dorsales de forma arbitraria.
Así, el joven Pelé heredó el número que con el tiempo se transformaría en el símbolo del mejor jugador del equipo.
Luces, sombras y resiliencia
En Copa Mundial de Chile 1962 llegó como figura, pero una lesión lo marginó tras el segundo partido. Aun así, Brasil se consagró bicampeón.
Cuatro años más tarde, en el Mundial de Inglaterra 1966, volvió a sufrir el juego brusco de sus rivales.
Golpeado y limitado, apenas pudo brillar y la selección brasileña quedó eliminada en fase de grupos.
México 70: La obra maestra
Su despedida mundialista fue en el Mundial de México 1970, en medio de tensiones con el técnico João Saldanha, quien incluso cuestionó su estado físico.
Tras su salida, asumió Mário Zagallo, y Brasil armó una de las selecciones más brillantes de todos los tiempos.
Con figuras como Rivelino, Gérson, Tostão y Jairzinho, el equipo desplegó un fútbol inolvidable.
Bajo la conducción de Pelé, quien jugó todos los minutos y anotó cuatro goles, Brasil conquistó su tercera estrella.
Un legado inalcanzable
Tras México 70, rechazó disputar el Mundial del 1974 en protesta contra el uso político del fútbol durante la dictadura brasileña.
En total, Pelé jugó 14 partidos y marcó 12 goles en Copas del Mundo. Aquel niño que jugaba descalzo en las calles pasó a convertirse en “O Rei”, el único futbolista tricampeón mundial, una hazaña que, hasta hoy, parece imposible de igualar.