11 abr. 2026

Los pasapelotas y la picaresca británica

La picaresca es española. Tradicionalmente, esas dos palabras, en términos literarios y no tan literarios, han ido juntas. Hasta que Oakley Cannonier, una tarde de mayo, desbarató al Barcelona y demostró que hay otra picaresca que procede del Reino Unido.

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Kane marca el empate, tras una acción rápida.

Foto: EFE

Lo justo, antes de empezar este relato, es explicar quién es Oakley Cannonier. Su nombre surgió cuando el Liverpool doblegó por 4-0 al Barcelona en las pasadas semifinales de la Champions League. No marcó ningún gol, ni hizo ninguna parada, ni siquiera es que se trate del árbitro del partido de tan infausto recuerdo para la hinchada blaugrana.

Cannonier es un canterano del Liverpool que aquella noche estuvo hábil y rápido para entregar la pelota a Trent Alexander-Arnold para que este la pusiera en la bota de Divock Origi e hiciera el cuarto tanto en Anfield.

Esa inteligencia de zorro, de avispado, de pícaro, la exhibió este martes otro chaval, esta vez lejos de Anfield, pero cerca de José Mourinho.

Su nombre es Callum Hynes y su rol este martes en el Tottenham Hotspur Stadium era ser pasapelotas de la banda en la que se ubican los banquillos de Tottenham y Olympiacos.

El equipo de Mourinho había comenzado horrible. Marchaba 0-2 abajo y una derrota supondría tener que viajar a Múnich, última parada de la fase de grupos, a jugarse la clasificación ante un equipo que en la ida les había clavado siete goles.

Todo el mundo esperaba que fuera una de las grandes estrellas de los ‘Spurs’ quien recondujese las aguas, pero nadie coincidió en que un joven, agazapado en la grada, sería el héroe. La profesión de pasapelotas, como en el tenis, por ejemplo, no suele ser agradable. La gente solo se acuerda de ellos al final de los partidos para meter prisa si su equipo va perdiendo o para perderles de vista si van ganando.

Pocas veces es un cargo que otorgue la gloria. Hay que buscarla.

Y así lo hizo Hynes. Al poco de arrancar la primera parte, Lucas Moura peleó un balón, logrando rascar un saque de banda. Nuestro joven protagonista se dio cuenta de que si le devolvía el balón rápido a Serger Aurier, que pasaba por allí, se crearía una oportunidad de peligro. Y así fue.

Salió escopetado para dársela a Aurier, este se la mandó rápido a Moura, que ya corría la banda, y la pelota acabó empujada por Kane a las mallas. Fue el impulso de adrenalina que el Tottenham necesitó para acabar llevándose los tres puntos y la clasificación a octavos.

Por eso Mourinho, cuando su equipo empató, no buscó a jugadores o miembros del cuerpo técnico para celebrarlo. Se fue a la posición de los pasapelotas y estrechó la mano con el chaval.

“Me encantan los pasapelotas inteligentes. Este chico estuvo hoy brillante. Leyó el partido, entendió el juego y nos dio una importantísima asistencia. No estaba ahí solo para mirar a la grada, a la luces o a las bufandas. Estaba viviendo el juego”, espetó el portugués.

Luego le invitó al vestuario, para celebrar la victoria como uno más, porque había sido uno más. Pero se había escabullido. Hynes ya no estaba, quizás porque a su corta edad aún no esté preparado para celebraciones.

Sí para convertirse en el héroe de un estadio y en la prolongación de una nueva corriente, ya no literaria ni novelesca, si no futbolística. La picaresca británica.

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