Después de la participación en el Mundial de México 1986, donde Paraguay llegó por primera vez a los octavos de final de la competencia, la Albirroja no pudo, por el contrario, hilar dos mundiales seguidos también por primera vez en su historia.
Los procesos eliminatorios para Italia 1990 y EEUU 1994 siguieron contando con algunos de los referentes mundialistas de México, pero no se le habían sumado aún jugadores de la misma talla y experiencia.
Fueron dos frustraciones recordadas las de aquellos mundiales, pero un hecho lo cambió todo: la consagración de la Selección Paraguaya, y con ella de una generación de juveniles que había de hacer historia con el tiempo, en el Torneo Preolímpico que se desarrolló en Asunción en 1992, en un solo estadio: el Defensores del Chaco.
Aquel combinado, dirigido de manera ejemplar por el entrenador uruguayo Sergio Markarian, estuvo conformado por jugadores que luego serían la base de la Albirroja durante los tres mundiales posteriores a 1990 y 1994: Rubén Ruíz Díaz, Celso Ayala, Carlos Gamarra, Francisco Arce, José Cardozo, Jorge Campos, Guido Alvarenga y Julio César Yegros.
Todos ellos estuvieron en mundiales, pero solo Alvarenga no estuvo en el que constituyó el regreso de Paraguay a las citas globales: Francia 1998.
El Defensores del Chaco como fortaleza y el “grupo de la muerte”
La clasificación guaraní fue un puñetazo sobre la mesa de la CONMEBOL, donde, bajo la dirección de Paulo César Carpegiani, la Albirroja se permitió el lujo de mirar de reojo a la Argentina de Daniel Passarella, clasificando como escolta y dejando claro que el Defensores del Chaco era un santuario infranqueable donde el talento ajeno se estrellaba contra un muro.
Al llegar a territorio galo, el destino les deparó un escenario con selecciones muy complejas: España, Bulgaria y Nigeria representaban tres estilos de peligro distinto. Se lo calificó como el grupo de la muerte. Sin embargo, Paraguay respondió con un feroz dispositivo ofensivo.
El debut ante la Bulgaria de Hristo Stoichkov fue un aviso: un empate sin goles donde la figura de José Luis Chilavert empezó a agigantarse, no solo por sus manos, sino por su presencia escénica: pateó por primera vez un tiro libre en un Mundial y casi convirtió.
Frente a la España de Raúl González y Fernando Hierro, la historia se repitió. Fue un asedio español que terminó en un cero absoluto, una oda al sacrificio donde Carlos Gamarra empezó a dictar cátedra y Celso Ayala protagonizó una salvada providencial.
“El Colorado” se movía con una elegancia quirúrgica, quitando balones con limpieza: terminó con la estadística surrealista de no haber cometido ni una sola falta.
La clasificación se selló con un estallido de júbilo ante Nigeria, un 3-1: los goles de Ayala, Miguel Ángel Benítez y Cardozo figuran entre los más gritados en Paraguay en la historia de los mundiales
La tristeza de un inédito “gol de oro”
El capítulo que grabó a fuego a esta generación en los libros de oro fue la tarde de Lens, en los octavos de final.
Francia, la anfitriona y futura campeona, esperaba un trámite cómodo ante los sudamericanos, pero se topó con un ejército de once hombres que parecían multiplicarse.
Sin Zinedine Zidane en la cancha por sanción, su principal figura, los galos volcaron todo su arsenal sobre el área paraguaya, encontrándose una y otra vez con un Chilavert que parecía llenar todo el arco y un Gamarra que, incluso con un hombro dislocado y el brazo pegado al torso, seguía anticipando cada centro como si tuviera un mapa del futuro en la cabeza.
Los noventa minutos terminaron en un empate angustiante que forzó la prórroga, y allí el mundo entero contuvo el aliento.
Paraguay resistía el asedio con el corazón en la mano, esperando que el reloj los llevara a los penales, el territorio donde Chilavert se convertía en verdugo y los franceses lo temían.
Pero el destino, cruel e inapelable, decidió que el partido terminara con el primer “gol de oro” de la historia de los Mundiales. En el minuto 114, Laurent Blanc cazó un balón en el área y batió la resistencia paraguaya.
Fue un final súbito, un hachazo que dejó al equipo en el suelo, llorando una eliminación que sabía a injusticia. Pero en ese momento de dolor, surgió la imagen eterna: Chilavert recorriendo el campo, levantando a sus compañeros del césped, impeliéndoles a que mantuvieran la frente en alto.
El resurgimiento de la “garra guaraní”
Aquel equipo de Paraguay en 1998 no levantó la copa, pero le dio al mundo una lección sobre la dignidad de la garra guaraní.
Hasta hoy, jugadores tan importantes de aquel equipo francés como Lilian Thuram recuerdan el partido ante Paraguay como el más difícil de aquella carrera hacia la primera Copa del Mundo ganada por una selección francesa.
Una copa que, por albergar nombres como los del citado Zidane y Thuram, el del actual entrenador y campeón del mundo en Rusia 2018, Didier Deschamps, Emmanuel Petit, Robert Pires, Thierry Henry y David Trezeguet, enaltece aún más la hazaña de aquella Selección Paraguaya cuyos nombres señeros coincidirían por dos mundiales más, para ganarse el mote, con justicia, de la Generación Dorada: aquella que comenzó seis años antes, cuando casi todos rozaban la veintena de años y había clasificado a Paraguay por primera vez a unos Juegos Olímpicos.