07 jul. 2026

La historia también se escribe con el corazón

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Julior Enciso anotó el gol de Paraguay.

AFP

La victoria de Paraguay sobre Alemania en el Mundial 2026 fue mucho más que una clasificación. Desde la emoción vivida en Boston hasta el legado de Gustavo Alfaro, esta es la historia de una tarde en la que la Albirroja recuperó su identidad y le recordó al mundo que el corazón también puede cambiar la historia.

Hay días que un país jamás olvida. No porque gane un partido de fútbol, sino porque vuelve a encontrarse consigo mismo.

El 29 de junio de 2026 será recordado por la clasificación de Paraguay a los octavos de final del Mundial tras eliminar por penales a Alemania. Así quedará registrado en los libros, pero quienes estuvimos allí sabemos que ocurrió algo mucho más grande. Esa tarde no solo cayó un tetracampeón del mundo. Esa tarde, Paraguay recuperó una parte de sí mismo.

La ilusión estuvo presente desde que amaneció. Era difícil explicar por qué. Tal vez era la ansiedad propia de un partido decisivo. Tal vez era la fe de un pueblo que nunca dejó de creer. O, quizás, era esa sensación que aparece muy de vez en cuando y que el fútbol, caprichosamente, suele confirmar.

Boston amaneció vestida de rojo, blanco y azul. Miles de paraguayos caminaron durante horas con una sonrisa dibujada en el rostro, aunque en el fondo todos sabíamos que el desafío era gigantesco. Del otro lado esperaba Alemania, una selección acostumbrada a estas instancias, un gigante del fútbol mundial. Era, sin duda, David contra Goliat. Sin embargo, nadie parecía dispuesto a aceptar el papel de víctima.

La Casa Albirroja era una fiesta en la previa. Banderas flameando sin descanso. Bombos. Cánticos. Familias enteras llegadas desde distintos rincones de Estados Unidos, y también desde Paraguay. Abrazos entre desconocidos que compartían una misma ilusión. En ese momento nadie podía imaginar que estaba a punto de vivir la página más gloriosa en la historia de la Albirroja.

Cuando el árbitro dio la orden para comenzar el partido ocurrió algo extraño. Apenas habían transcurrido unos segundos cuando Julio Enciso encaró por primera vez y provocó un tiro de esquina. Fue una jugada simple, casi insignificante, pero sentí que escondía un mensaje. Pensé, sin saber por qué: ‘Este partido no lo perdemos’. Y esa sensación fue creciendo en la tarde.

Paraguay jugó sin complejos. Sin miedo. Sin sentirse menos que nadie. Cada pelota dividida parecía una cuestión de vida o muerte. Cada barrida, cada cierre y cada recuperación hablaban de un equipo dispuesto a dejar el alma sobre el césped.

Entonces llegó el gol.

El centro de Matías Galarza encontró a Julio Enciso y el estadio explotó. No fue solamente un grito de gol. Fue un grito de esperanza. Durante unos segundos el mundo entero miró hacia Paraguay. Allí estaba una Selección que no aceptaba los pronósticos y que se animaba a desafiar a uno de los gigantes del fútbol.

Alemania reaccionó, como reaccionan los grandes equipos. Encontró el empate y obligó a seguir sufriendo. Pero, curiosamente, la ilusión nunca desapareció. Había algo en esa tarde que hacía pensar que la historia todavía tenía reservado un capítulo más.

Llegaron los 120 minutos. El cansancio ya no importaba. Tampoco el reloj. Solo existía el deseo inmenso de seguir creyendo. Y llegaron los penales. Entonces, apareció Orlando Gill.

el héroe. Cuando atajó el primero sentí que el destino empezaba a vestirse de albirrojo. Cuando contuvo el segundo imaginé que la hazaña estaba cada vez más cerca. Después llegaron los fallos de Antonio Sanabria y Fabián Balbuena. Otra vez, el sufrimiento. Otra vez esa sensación de que el fútbol podía ser cruel.

Hasta que caminó José Canale. Con una serenidad admirable tomó carrera, remató y la pelota besó la red. El tiempo se detuvo. Lo que ocurrió después es imposible describir completamente con palabras. Lágrimas. Gritos. Abrazos interminables. Personas que nunca se habían visto fundidas en un mismo abrazo. Boston dejó de ser Boston. Durante unos minutos fue Asunción, Encarnación, Ciudad del Este, Villarrica, Concepción. Fue Paraguay entero latiendo al mismo tiempo.

He tenido el privilegio de cubrir muchos partidos. He visto títulos, derrotas y clasificaciones memorables. Pero jamás había sentido una emoción semejante. Porque aquella tarde no solo avanzó una Selección. Avanzó un país que volvía a creer en sí mismo.

Muchos seguirán considerando que el Mundial de Sudáfrica 2010 representa la mejor actuación de Paraguay. Es un debate legítimo, pero –para mí– esta victoria ocupa un lugar distinto. Por el rival. Por el contexto. Porque enfrente estaba Alemania, una selección que construyó su historia levantando la Copa del Mundo. Y porque Paraguay la eliminó jugando de igual a igual, sin esconderse y sin renunciar nunca a su esencia.

Pero sería injusto explicar esta historia solamente a través de los noventa minutos, de una prórroga o de una tanda de penales.

Esta historia comenzó mucho antes.

Comenzó el día en que Gustavo Alfaro convenció a un grupo de futbolistas de que Paraguay podía volver a competir contra cualquiera. Comenzó cuando les recordó que la camiseta albirroja tenía una identidad que el tiempo parecía haber escondido. Les enseñó que el orden, el sacrificio, la solidaridad y la rebeldía seguían siendo virtudes capaces de equilibrar cualquier diferencia.

ADN PARAGUAYO. Alfaro no cambió únicamente un sistema de juego. Cambió una forma de pensar. Logró que un país entero volviera a sentirse representado por su Selección. Recuperó ese ADN que durante tantos años hizo de Paraguay un rival incómodo para cualquiera. Le devolvió al futbolista paraguayo la confianza para mirar a los ojos a las grandes potencias.

Y eso vale tanto como cualquier clasificación. Porque los penales pasarán. Los goles quedarán en los archivos. Las estadísticas encontrarán nuevos dueños. Pero hay algo que permanecerá intacto: La certeza de que aquella tarde Paraguay recuperó algo que nunca debió perder, su identidad. Y cuando un país recupera su identidad, ya no existen gigantes imposibles de derribar.