Un ciclo no tiene por qué ser obligatoriamente circular, es decir, un eterno retorno, una repetición perpetua. La historia no se da así nunca. Puede ser un ciclo en espiral; o, mejor aún, un ciclo de cambios permanentes, una revolución: un movimiento que rompe la trampa del bucle y transforma la repetición en mutación. Esto puede ser el nuevo ciclo que comienza, oficialmente, esta semana en la Selección Paraguaya: la oportunidad de la transformación, del verdadero salto cualitativo.
Con dos partidos amistosos, contra Bolivia y Colombia, la Albirroja da inicio a otro ciclo de competencias tras el reciente Mundial de Norteamérica que significó el regreso a la máxima cita del fútbol, luego de dieciséis años. El contexto de esta nueva etapa está marcado por la renovación del contrato de su entrenador, el argentino Gustavo Alfaro, así como por el natural recambio generacional que toda Selección sufre pasado cierto tiempo. Además, el hecho de que la próxima Copa del Mundo tenga lugar en Asunción —donde la Albirroja disputará en 2030 al menos un partido— es otro elemento que marca el derrotero de los próximos cuatro años que transcurrirán sin Eliminatorias.
Toda selección que regresa de un Mundial —más aún tras una travesía en el desierto de las desorientaciones e improvisaciones dirigentes— descubre al día siguiente de la gran cita que el verdadero peligro no es el fracaso bajo los grandes focos, sino la forma de volver y mejor a la siguiente cita mundialista. El festín del regreso concluyó en las canchas de Norteamérica; ahora, con el horizonte de cuatro años sin la tensión dramática de las Eliminatorias y con la certidumbre simbólica de que Asunción será sede inaugural en 2030, la Albirroja se asoma a un abismo desconocido: la construcción de un proyecto superador.
Se trata de un punto de inflexión donde la psicología colectiva del hincha y la estructura del equipo se miden frente a una paradoja. Cuando Alfaro desembarcó en Ypané, el diagnóstico era de terapia intensiva. La Albirroja no parecía necesitar una filosofía, como la que terminó trayéndole el santafecino; exigía un torniquete para evitar la muerte. El técnico, un gestor minucioso de la “economía futbolística de la escasez”, aplicó entonces una pragmática de urgencia que captó, con mucha empatía y astucia, el trasfondo cultural mismo del futbolista paraguayo herido en su autoestima. Entonces restituyó el valor del repliegue defensivo, devolvió la dignidad al duelo individual (sobre todo en los aires) y convirtió la pelota parada en una doctrina actualizada.
Aquel fue el tiempo del rescate. Pero la renovación del contrato del entrenador hasta 2030 cambia radicalmente las reglas del juego, pone exigencias nuevas. El peligro de los ciclos largos en países de memoria corta se traduce en la fosilización de la virtud, de lo que ya se consiguió. Así terminamos confundiendo la mística del periodo de auxilio con una forma permanente de existencia. Aquí radica la principal prueba táctica y metodológica del nuevo proceso de Alfaro. La pragmática de los tiempos de escasez, efectiva cuando se camina por sobre la cornisa de la eliminación, corre el riesgo de volverse conformismo si no evoluciona hacia una sofisticación del modelo. Al parecer, si hemos de confiar en el anunciado diagnóstico crítico de la liga doméstica que Alfaro presentó a la Asociación Paraguaya de Fútbol (APF), el entrenador tiene bien claro en qué hay que ahondar para dar ese salto de calidad que nos haga competir de igual a igual con las grandes selecciones del mundo.
Paraguay ya demostró que sabe sufrir y resistir; ahora necesita aprender a administrar la iniciativa sin desorganizarse. Esto sin que todavía tenga claro cuál será su hoja de ruta competitiva ante la falta de proceso eliminatorio, con proyectos todavía oficiosos de creación de una Liga de las Naciones Sudamericana. El laboratorio de los próximos años, sin los puntos angustiantes que tensionan cada fecha eliminatoria, exige que la metodología de Alfaro se adecue al nuevo panorama.
Este nuevo panorama incluye aspectos exclusivamente futbolísticos para aspirar a algo más de lo que ya hizo Paraguay en los mundiales y, últimamente, en la Copa América. Por ejemplo, la incorporación de automatismos de posesión en tres cuartos de cancha, la limpieza en la salida limpia desde el fondo y la aceleración en las transiciones no son en este caso pura estética, sino necesidades operativas históricas en Paraguay si se pretende competir en los escalones superiores del mapa internacional, además de contar con el ADN propio. La escasez ya no puede ser una coartada, en este panorama; debe ser el punto de partida para una arquitectura más compleja que surja desde las divisiones formativas. Precisamente, poco antes de cerrada esta edición de Peskamboi, la Selección Paraguaya sub 19 conquistó la medalla de oro en los Juegos Odesur con jugadores prometedores para una renovación efectiva, como el olimpista Eduardo Delmás y el tricolor Mauro Coronel.
Este plano táctico y táctico se intersecta, inevitablemente, con el problema del recambio generacional, por supuesto; esa grieta biológica que toda selección atraviesa cuando los héroes del ciclo anterior empiezan a acusar el peso del tiempo. Aquellos futbolistas que cerraron su periplo en Norteamérica dejan una vara alta (los Gustavo Gómez, Junior Alonso y Miguel Almirón), a la altura de la historia previa, pero también pueden ser una amenazante sombra prolongada como ya lo vimos tras el proceso de Gerardo Martino finalizado en 2011. El relevo natural no es una cuestión de simple sustitución de nombres, sino de transferencia de experiencias y proyectos. Los jóvenes que hoy asumen la convocatoria, y la titularidad, ya no pueden ingresar al campo como meros acompañantes de la vieja guardia. Les toca habitar el centro del escenario, cargar con la responsabilidad misional y digerir la presión con una nueva red de caudillos veteranos. Toda transición sin líderes que hagan de puente corre el riesgo de derivar en mediocridad o, lo que es peor, en caos.
En el fondo de este panorama late una anomalía institucional que conviene examinar sin triunfalismos ni derrotismos. El fútbol paraguayo ha sido históricamente una picadora de carne para los directores técnicos, un ecosistema dominado por la tiranía del resultado inmediato, la histeria periodística y la miopía dirigencial. La ratificación de Alfaro para un ciclo largo representa una quiebra en esa tradición de la impaciencia, muy paraguaya a su manera. Sin embargo, el valor del proceso en la cultura de la inmediatez es una conquista todavía frágil. Sin la urgencia semanal de la tabla de posiciones, el riesgo es caer en un adormecimiento burocrático o, peor aún, en la exigencia desmedida ante el primer tropiezo en un amistoso de fecha FIFA. Sostener la legitimidad de un proyecto técnico requiere una pedagogía política, a la vez que deportiva, una que entienda de paciencia pero también de desafíos y crecimientos reales.