Fútbol de Paraguay

Olimpia 1980. Íntimo

Otorga el tiempo la exacta dimensión de los hechos antaño vividos, más aún cuando en su momento fueron de convocatoria mundial.

Miguel María Michelagnoli Por Miguel María Michelagnoli
Creo hoy que a más de treinta años de distancia –habiendo sido uno de sus protagonistas–, puedo casi con objetividad describir algunas de las intimidades del Olimpia campeón del mundo 1980.

No olvido a muchos jugadores que participaron, selecciono a los más relevantes en función a practicidad y espacio. He sido parte importante de la saga brillante del Olimpia de los ochenta en adelante. Obtuve dos campeonatos locales, la Copa Interamericana y la Mundial de Clubes. Con orgullo, cargo en mis memorias a un grupo singular con calidad humana y talentos futbolísticos.

Celebra Olimpia hoy la confirmación de la FIFA de su pertenencia como campeón del mundo. No es de poco valor esa ratificación, aunque no conlleva mayor mérito al que ostentan orgullosos sus protagonistas, pues aún sin la distinción están en la historia.

Aquellas lejanas y épicas jornadas se iniciaron en el corazón de ODD, quien derramó sus sueños y capacidades en un técnico singular y en un plantel de jugadores bien dotados; tuvo interpretaciones y caracteres brillantes. Hugo Talavera, líder carismático y conductor sapiente lleno de fútbol e inteligencia; Éver Almeida, hosco y de puro amor propio que no soportaba recibir goles ni en las prácticas.

El eje y tractor del mediocampo Carlos A. Kiese, a mi entender, tan o más importante que Talavera como lo demostró en Malmoe. Balanceaba este el equipo que con Talavera y Torres no aportaban mucho a la marca. Este último, era la sutileza técnica, la pausa de dribling gracioso y el humor constante fuera de la cancha para el grupo.

Evaristo Isasi, querido por bueno y sencillo. De un tamaño futbolístico extraño para ganar el fondo y poner el centro exacto para Talavera o Enrique Villalba, un gladiador irrepetible. El último, no menos importante Osvaldo Aquino, juguetón y multifuncional, marcaba, escondía el balón con su trasero voluminoso y hacía goles si era necesario.

Meses atrás, durante una visita de cortesía a Osvaldo Domínguez, le expresé mi gratitud y recordamos una anécdota. Se trataba de una visita que le hice en enero de 1980 para solicitarle jugar en el Olimpia; sorprendido, ODD me miró fijamente a los ojos por un tiempo que me pareció interminable y apuntó: "Mañana sale mi avión a la Floresta en Uruguay, preséntese al profe Cubilla".

En su inteligencia emocional leyó quizás que sería parte importante de la segunda parte de su obra en la Copa de mayor prestigio mundial de clubes. Cubilla y el plantel me recibieron con recelo con las pocas credenciales de mis antecedentes. Carlos Kiese tuvo el corazón enorme de ser mi padrino. Hugo Talavera, el otro referente, estaba distraído con las mieses de la reciente Libertadores.

Con el gol de la victoria contra el Malmoe, cerrábamos el último y mayor galardón de la historia del fútbol paraguayo y tenía color blanco y negro decano. Repetirlo en la abismal diferencia que hoy separa a América de Europa es casi imposible. Lecciones quedan de ese grupo inolvidable. Abrió la senda para el Olimpia de los 90.

Retomar un nuevo rumbo glorioso para nuestro fútbol requiere humildad por parte de sus dirigentes, para escuchar el eco del tiempo y los factores que hacen a un gran equipo:

1 Dirigentes que aman el fútbol y sueñan grande.

2 Esfuerzos descomunales de atletas que sienten el cariño de sus directivos.

3 Técnico capaz y disciplina de alto rigor.

4 Fe en uno mismo y en el equipo.

¡Nada nuevo, pero hay que hacerlo!

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