02 ago 2026

“Mi fuerte era el pase justo, exacto, ahí en el agujerito”

Adolfino Cañete, un exquisito mediocampista que hizo historia en el fútbol y la Selección Paraguaya, habla de sus hazañas con el balón.

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Adolfino Cañete, mediocampista de la Selección Paraguaya en 1986.

A comienzos de 1975, Adolfino Cañete (1957) trabajaba en un frigorífico de Zeballos Cué, el barrio asunceno de su infancia. Aunque desde los catorce años se había fijado el fútbol profesional como meta, resultaba claro que el trabajo obrero aún era un deber económico para él ante la incerteza del sueño deportivo. Jugaba en la Juvenil de Guaraní.

Un jueves por la mañana, el técnico del primer equipo lo citó para practicar en la Primera, ante la lesión del titular. El flaco ribereño descolló en el entrenamiento y volvió a hacerlo al día siguiente. El domingo fue anunciado en el equipo titular.

Su debut no pudo haber sido mejor: Guaraní triunfó 0-1 contra Sportivo Luqueño y Adolfino tuvo destacada actuación. “Hice un gran partido, el gol fue con un pase mío que convirtió Juan Ramón Ocampos. Al otro día todos los periódicos me pusieron un 8”, hace memoria Cañete para ÚH.

Desde el principio mismo de su paso fino por las canchas, el pase quirúrgico con pierna zurda fue su marca. “Mi fuerte era el pase justo, exacto, en el agujerito como se dice”, reconoce.

El alto rendimiento del joven interior izquierdo fue en alza hasta que llegada la última fecha contra Cerro Porteño, el infortunio lo asaltó bajo la forma de una rotura de meniscos.

“En esa época el presidente de Guaraní era Estanislao Domínguez. Yo tenía una opción de compra que en esa época era de 150 mil guaraníes, mi sueldo era de 5 mil, ¡imagínate lo que se ganaba en esa época! Al final, Guaraní no hizo uso de la opción porque especuló muchísimo, quería dar a cuotitas, quiso aprovecharse más o menos del momento”, describe Adolfino.

Cañete hizo en soledad la recuperación, sin ninguna certidumbre acerca de su futuro. Hasta que apareció un hombre que, a fines de los años 70 y principios de la década siguiente, habría de introducir en el Paraguay la noción de empresario o agente de jugadores: Epifanio Rojas. “Así, con el yeso de la operación todavía, me dio los 150 mil guaraníes. Por esa plata hice toda mi recuperación, bien como tiene que ser”.

Luis Cubilla. Luego de jugar en River Plate, en Sol de América y Tembetary, sorpresivamente el 5 de enero de 1980 aterrizaron en Asunción dirigentes de un equipo modesto de la Argentina: Ferrocarril Oeste. “Fue una sorpresa para todos. No hubo contacto previo ni nada. A los dos días de su llegada, viajé. Creo que esa transferencia fue gracias al finado Luis Cubilla”, revela.

El entrenador uruguayo pretendió, desde que lo vio jugar en 1978, llevárselo a Para Uno. “El tema es que en ese tiempo a nivel local no había mucha plata. La meta de Epifanio era venderme afuera. Olimpia quería a préstamo y así fue que no se dio mi ida. Cubilla era muy amigo de Santiago Leyden, el presidente de Ferro entonces. Estuvieron comiendo un asado, hablando y me recomendó. Por eso me vinieron a buscar directamente”.

Si el Negro fue el responsable de que Cañete llegara a Argentina, cuatro años después El Fino desnudaría a Cubilla frente a los hinchas millonarios haciéndole dos goles al River que dirigía en las finales del Nacional 1984, el año del bicampeonato de Adolfino en Ferrocarril Oeste.

La selección. En la Selección, Cañete vino a jugar en 1985 los partidos contra Colombia primero y contra Chile después. Ya en el Mundial México 86, hizo el recordado pase a la cabeza de Julio César Romero para el empate contra México en el Estadio Azteca.

“Nosotros hablamos mucho con Julio. Como hizo muchos goles con los pases que le daba, era el que más me entendía porque me picaba entre los defensores. Metés una pelota ahí y no saben quién va a cortar. Pero hay que meter pelotas precisas y en el vacío. En ese partido hubo un lateral y ahí hablamos. Le dije: “Andá corriendo rápido, picame entre los centrales y yo ahí te pongo la pelota. Fue así: Me pasó la pelota (Juan Bautista) Torales y cuando giré ya apunté a Julio. Le puse fuerte, rasante. Hay momentos en que podés tirar bombita, como para que quede allí; hay momentos en que hay que tirar fuerte y medio rasante, para que se desvié nada más la pelota”, concluye.

El maestro Carlos Timoteo Griguol

Preguntado Adolfino Cañete si Griguol un revolucionario en su forma de trabajo, confirma: “Totalmente. Por ejemplo, él nos citaba un martes en el club, donde había camas, piletas, todo para trabajar, recrearse y descansar. Él filmaba los partidos que jugábamos y mandaba filmar el partido de nuestro siguiente rival. Los martes veíamos el partido que habíamos jugado, luego de que él lo haya visto ya en la casa y haya apuntado sus comentarios, los errores que teníamos. Esos errores llevaban a las repeticiones. Por ejemplo, en las triangulaciones. Repetíamos una, dos horas, hasta que se nos quedaba de memoria.

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